domingo, 14 de octubre de 2007

A manera de prólogo

Las mujeres son como caballos. Es cuestión de perspectiva. Cuando voy por la calle, basta con mentalizarme y asumir que todas esas mujeres (jovencitas, adultas, ancianas, adolescentes inclusive), son animales de paso. Algunos mucho más gallardos que otros, pero en esencia animales con grupa, piernas elásticas y cuellos que, en movimiento coordinado, constituyen un espectáculo de la naturaleza. Hay que saber mirar. Como cuando, en verano, empiezan a usar sandalias. Qué placer es entonces descubrir unos deditos como bocadillos para meterse a la boca o el talón rosa carnal que promete tantas delicias para el paladar. Cuando uno ve las cosas así, descubre que en el mundo hay, quizás, demasiada belleza y que una buena cantidad de ella está concentrada en ciertas mujeres, o sea en los soberbios caballos que van al trote por nuestras aceras. Lamentablemente, vistas así, las mujeres, como los caballos, son solo para hedonistas, es decir, gente dispuesta a invertir tiempo, esfuerzo y dinero en ellas. Como los caballos, están sujetas a pasiones, a marchas y contramarchas que conviene sosegar o conducir por buenos cauces. Tal como los caballos, también, algunas mujeres suelen ser para los hombres como joyas vivas o piezas de exhibición. Finalmente, y a manera de resumen, mujeres y caballos pueden ser auténticas obras de arte.

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